A la luz de una vela
A la luz de una vela
Puedo escribir y ayudar a otras personas a relatar sus historias de vida.
He acompañado a muchos en la creación de sus biografías noveladas, ayudándoles a encontrar el hilo de sus recuerdos y a dar sentido a sus experiencias.
Sin embargo, cuando se me pide que hable de mí misma, me invade una extraña dificultad.
No sé por dónde empezar.
Quizá porque mi historia comienza mucho antes de que yo pudiera comprenderla.
La primera imagen que surge en mi memoria es la de mi padre.
Lo veo sentado en una habitación casi a oscuras.
Una vela encendida ilumina su rostro y proyecta sombras danzantes sobre las paredes.
Nosotros, sus hijos, junto a algunos familiares y vecinos, permanecemos sentados frente a él, atentos y silenciosos, como espectadores de una función de teatro.
Entonces comenzaba la magia.
Mi padre nos contaba historias interminables.
Nosotros creíamos escuchar cuentos de miedo, aventuras extraordinarias o relatos de personajes sorprendentes.
Con los años comprendí que muchas de aquellas historias habían sido reales.
Eran fragmentos de su vida durante la Guerra Civil Española, recuerdos dolorosos que él disfrazaba de cuentos para hacerlos soportables, quizá para nosotros, quizá también para sí mismo.
Sin saberlo, encontraba en aquellos relatos una forma de aliviar sus heridas.
Y nosotros, fascinados por su manera de narrar, aprendíamos a escuchar, a imaginar y a viajar a través de las palabras.
Aún hoy puedo verlo. La llama de la vela iluminando apenas sus ojos, el silencio expectante del grupo, la emoción suspendida en el aire.
Tal vez sea desde esa escena desde donde debo comenzar a contar mi propia historia.
Porque antes de aprender a escribirla, aprendí a escucharla.
"Yo era la niña que observaba desde la primera fila..."

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