UNA CANCION UN RECUERDO (Tema para el taller de teatro)

 



Enrique Urquijo: cantar lo que cuesta decir

Lo especial de Enrique Urquijo es que muchas de sus canciones parecen hablar desde una herida íntima. No necesitaba grandes discursos: hablaba de la soledad, el amor, el desamor, la nostalgia y la necesidad de tener a alguien cerca.

“Déjame” es quizá el ejemplo más conocido. Detrás de una canción aparentemente sencilla aparece una emoción muy humana: querer alejarse y, al mismo tiempo, seguir necesitando al otro.

“Pero a tu lado” permite abordar otra dimensión: la compañía. Es una canción que puede llevar a conversar sobre esas personas que han estado a nuestro lado en momentos importantes de la vida.

Y “Aunque tú no lo sepas”, escrita por Enrique Urquijo y popularizada posteriormente por otros artistas, tiene una particularidad preciosa: habla de sentimientos que quizá nunca fueron expresados. Eso puede conectar muy bien con tu trabajo sobre las emociones invisibles y aquello que guardamos durante años.



Y aquí tema para el taller de: teatro

Cada participante puede escoger una emoción que le haya despertado la canción y convertirla en una pequeña escena.

Por ejemplo:

La nostalgia: una persona encuentra una antigua fotografía y comienza a hablar con alguien que ya no está.

El amor: alguien quiere decir “te quiero”, pero nunca encuentra el momento.

La soledad: una persona conversa con una silla vacía.

El agradecimiento: alguien imagina que tiene delante a la persona que alguna vez estuvo a su lado y finalmente puede decirle aquello que nunca dijo.

Me parece especialmente potente para adultos mayores porque la música funciona como una puerta hacia la memoria, pero sin obligar a contar experiencias personales. Cada participante puede decidir cuánto quiere compartir.

Y hay una frase que podría quedar como eje del ejercicio:

“Hay emociones que no desaparecen porque no las hayamos dicho; simplemente aprenden a vivir en silencio.”





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EXPERIENCIA PERSONAL

Hoy supe que el hermano de Enrique Urquijo prepara un homenaje en España. La noticia hizo que regresara de golpe a un momento de mi vida que creía guardado en algún lugar de la memoria.

Enrique me había dedicado “Adiós tristeza”. Y hubo otra canción, “Colgado”, que una vez me dijo que había pensado al mirar un cuadro de mi casa.

En aquella época yo estaba recién separada y me preparaba para regresar a Chile. Era un tiempo extraño, de esos en que una vida parece haber terminado y la siguiente todavía no comienza.

Recuerdo esas palabras:

“Nada que hacer.
Nada que hacer.”

Hoy las escucho de otra manera.

Entonces quizá no había nada más que hacer que esperar. Quedar suspendida, como una imagen que todavía no sabe qué historia contará después.

Como un cuadro colgado.

Y resulta curioso que tantos años después sea precisamente esa canción la que vuelva a tocar mi puerta. La noticia del homenaje abrió una pequeña ventana hacia aquel tiempo y, por un instante, pude volver a mirar a aquella mujer que estaba a punto de regresar a Chile, dejando atrás una etapa de su vida.

Quizás las canciones tienen esa capacidad: quedan ahí, esperando. No envejecen como nosotros. Permanecen suspendidas en el tiempo hasta que un día volvemos a escucharlas y descubrimos que todavía guardan algo de nosotros.

Hoy entiendo que yo también estaba colgada, suspendida entre dos vidas.

Pero un cuadro no permanece para siempre en el mismo lugar.

Algún día alguien lo descuelga.




El encuentro con Enrique Urquijo

Cuando conocí a Enrique Urquijo yo estaba ingresada en la Clínica Machachuset, en Madrid, debido a un estado depresivo.

Al principio permanecía en mi habitación, pero cuando comencé a sentirme un poco mejor pude salir y compartir con las demás personas que estaban allí. Fue entonces cuando descubrí a un grupo de adultos mayores con quienes empecé a conversar y, poco a poco, a acompañar.

Ese encuentro fue muy importante para mí. Mientras los escuchaba, fui descubriendo que muchos de ellos cargaban con sufrimientos muy profundos. No dejaban de contar las mismas historias, una y otra vez: sus experiencias y traumas relacionados con la Guerra Civil española.

Escucharlos me hizo tomar conciencia de que existían dolores enormes, vidas marcadas por experiencias que todavía permanecían vivas en su memoria. De alguna manera, acompañarlos también me ayudó a salir de mi propio sufrimiento.

Un día caminaba por uno de los largos pasillos de la clínica junto a uno de aquellos abuelos. De pronto vi que, en sentido contrario, venía Enrique Urquijo acompañado por otro de los abuelos.

Más tarde tuve la oportunidad de conversar con Enrique y descubrí algo que me llamó mucho la atención: aquel abuelo que lo acompañaba también le contaba una y otra vez sus mismos traumas y sus experiencias de la guerra.

Quizás fue precisamente eso lo que nos acercó.

Nos hicimos amigos en ese momento.

Y así comenzó una historia que, muchos años después, todavía vive en mi memoria.

Continuará…






EL GUIJO   LA CRUZ DEL VALLE DE LOS CAIDOS

Pasó un tiempo y llegó el momento de salir de la clínica. Yo me fui antes que Enrique, pero nos despedimos con la promesa de encontrarnos cuando él estuviera recuperado.

Un día, su hermano lo llevó a mi casa 

Yo vivía muy cerca del Valle de los Caídos, en un condominio llamado El Guijo, junto a mis tres hijas. Mi exmarido me había abandonado y yo estaba sola con ellas.

Mientras yo trabajaba, mis dos hijas mayores cuidaban de su hermanita pequeña, que tenía apenas tres años. Ellas tenían quince y dieciocho años. Éramos nosotras cuatro, intentando salir adelante.

Cuando llegó Enrique, pasamos una velada preciosa. Había una guitarra y canciones. A mis hijas también les gustaba cantar, y aquella noche la música nos reunió de una manera muy especial.

Yo las observaba embelesada.

Con el tiempo descubrí que a mis hijas les había atraído aquel joven. Y yo, aunque ya comenzaba a sentir algo por él, di marcha atrás con mis propios sentimientos.

Hubo más visitas. Mis hijas fueron también a algunas de sus presentaciones. Enrique siguió formando parte, de alguna manera, de aquellos días.

Hasta que un día intentó decirme algo.

Creo que quiso insinuarme lo que sentía, pero yo no supe —o no quise— escucharlo. Quizás estaba demasiado preocupada por mis hijas, por mi situación y por todo lo que estaba viviendo.

Él se marchó en silencio.

Después llegó el momento de regresar a mi país. Solo entonces lo llamé para despedirme.

Y fue en aquella conversación cuando me dijo unas pocas palabras que en ese momento no comprendí en toda su dimensión:

“Yo sigo igual, aquí esperando.”

Hoy, al recordarlas, pienso en todo lo que no escuché entonces.

Hay palabras que solo comprendemos muchos años después.

Y algunas llegan demasiado tarde para poder responderlas.


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PARA COMPARTIR CON EL GRUPO


  • ¿Hay sentimientos que hemos guardado durante muchos años?
  • ¿Hay algo que alguna vez quisimos decir y no dijimos?
  • ¿Qué personas han estado “a nuestro lado” en momentos difíciles?
  • ¿Hay una canción que nos recuerde una etapa de nuestra vida?
  • ¿Qué canción nos gustaría dedicarle hoy a alguien?
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